Gracias delivery

Hasta que cumplí los 16 años viví en un sitio alejado, al que no llegaba ningún tipo de delivery. Mis noches no se parecían en nada a las que veía en las series, ni siquiera a las de mis amigas. En mi situación: o cocinabas o morías de hambre. Cuando me mudé a Pocitos, mi mayor alegría era saber que a partir de ahora podía pedir comida por teléfono. La primera noche llamé a El Emporio de la Pizza para festejar.

¿Qué mejor invento que el delivery? Llegás a tu casa después de un día largo y estresante y, en vez de abrir la heladera y tener que ponerte creativo, lees un menú larguísimo y variado en Pedidos Ya. Lo único que hay que pensar es si preferís wok de vegetales o lehmeyún para ese día en particular. Aunque por lo general pedir comida es más caro que cocinar, podés ahorrar en muchas otras cosas como esfuerzo o tiempo. Además de no tener que lavar los platos, el terror de todas las noches.

Pero la cultura de pedir comida tiene también sus puntos flojos. Después de discutir durante veinte minutos qué tenemos ganas de comer, suena el timbre y nadie quiere ir a abrir. Una vez que llega la cena, cada uno se sienta donde está más cómodo: frente a la televisión, en el cuarto estudiando o en el sillón más cercano a la estufa. Así va desapareciendo el ‘ritual’ de una familia alrededor de una mesa, conversando.

No haber cocinado parece que da derecho a romper las reglas de convivencia. Claro que hay quienes dicen: “nosotros cuándo pedimos empanadas comemos todos juntos, como siempre”. No lo dudo, pero seamos sinceros: el delivery hace que se pierda la magia, la esencia del arte de comer. Preferimos lo cómodo antes de lo bueno, nos acostumbramos a lo rápido en lugar de oler el romero y desear que la carne con papas esté pronta. Y encima muchas veces la comida llega fría, húmeda o desarmada.

Incluso, el delivery ha hecho que en muchos casos perdamos las ganas de salir a comer fuera. Lo que antes eran las mejores noticias, hoy nos resulta un embole. “¿Y si mejor pedimos chivitos? No tengo ganas de sacarme el pijama”.

En muchas casas el delivery pasó a ser lo cotidiano, y la comida casera algo que pasa solo en una noche especial. Es más fácil, más rápido, más rico. Cada vez hay más variedad. Cenamos platos aceitosos, nos secamos con el envoltorio de la bandeja y, cuando llega setiembre, nos preocupamos por empezar la dieta. Falta poco para sacar el bikini y hay que deshacerse de los kilitos de más, sea como sea.

De niña me quejaba porque no podíamos pedir empanadas de Tunquelen desde mi casa. Ahora, aunque espero ansiosa todas las noches poder cenar una tarta de zapallitos casera, la mayoría de la veces llego a sentarme y mirar la página de Pedidos Ya. Algún día cambiaré mis hábitos, pero por ahora: gracias delivery.

Mecenas de la cocina peruana

Abelardo Parodi busca esparcir la tradición culinaria de su país

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Un corredor oscuro conduce a la pequeña cocina del restaurante peruano Caminos del Inca, en Ciudad Vieja. Las paredes son rojas, las columnas azules y la pintura está descascarada. Dos filas de mesas y sillas vacías –una a cada lado- son la única decoración del lugar. Un haz de luz que entra desde la puerta deja ver las caras sudadas de Abelardo Parodi, el chef, y su asistente Miguel; las únicas dos personas que trabajan allí desde las diez de la mañana. El local está cerrado. La puerta en la esquina de 25 de mayo y Juncal no tiene ningún cartel, la gente camina por la zona sin levantar la vista, sin saber lo que ocurre allí dentro.

Entro tímida, en silencio, con pasos lentos. No quiero molestar. Abelardo levanta la vista y sale a mi encuentro, secándose las manos con un repasador. “Los uruguayos toman mate y comen bizcochos para desayunar. Yo quiero convidarte con algo distinto”, dice a modo de saludo. El pelo entrecano y un bigote acompañan a la sonrisa amable y sincera que lo caracteriza. No me da el tiempo para contestar: vuelve a la cocina para preparar lomo saltado, uno de los tantos platos típicos de Perú. Mientras corta cuadraditos de cebolla y morrón describe cada uno de los pasos a seguir: “Tengo este entrecot, lo pico en tiritas y va al fuego”.  El chef no tiene miedo de revelar sus secretos. Para él, la cocina se basa en compartir y enseñar.

Abelardo Parodi nació en Lima en abril de 1950. De niño tenía el pelo largo, rubio y enrulado. Parecía un gitano y por eso lo apodaron “Yipi”.  Su papá fue joyero –se dedicaba a fundir oro y plata- y conoció a su mamá gracias a la construcción del Palacio de Gobierno. Su abuelo paterno fue uno de los arquitectos que diseñó el edificio, y su abuelo materno un ingeniero civil que trabajó en el mismo proyecto.

El lomo está pronto, y Abelardo se acerca a una mesa con dos tazas de té y un plato para compartir. Se sienta en una silla de madera y dice: “Voy a comer contigo, si me permites”. Parte un pedazo de pan a la mitad, lo rellena y me lo da. “Ahora podés decirle a tus amigos que probaste comida peruana de verdad”. Luego de dar un mordisco, toca su panza redonda con un movimiento circular y asegura que hace poco más de un año estaba mucho más gordo. Quiere mostrar que dice la verdad, entonces mete su mano en el bolsillo y saca la foto de su cédula de identidad.

No parece estar cómodo con el formato de entrevista tradicional. A él también le gusta preguntar y conocer las historias de los demás. “¿Alguna vez estuviste en otro país?”, formula con auténtico interés. Cuando menciono los sitios a los que he ido, responde muy contento: “So then I can speak in English with you”. Comenta que vivió durante veinte años en Estados Unidos pero que desde hace mucho tiempo no practica el idioma. Luego de unos minutos me atrevo a preguntarle por sus inicios en la cocina, y él menciona que se licenció en Administración de Empresas.

El boom petrolero en Perú comenzó a principios de la década de 1970. Abelardo, como tantos otros jóvenes en ese entonces, consiguió trabajo en la Compañía Peruana de Negocios Petroleros S.A., donde cumplía varios roles y ascendió con admirable velocidad. Entre sus tareas como Jefe de Logística debió programar el desayuno, almuerzo y cena de 2.400 obreros en la selva; y fue así que descubrió su pasión por el arte culinario.

Realizó sus primeros estudios de cocina en Lima, cuando se postuló a un cargo en la cadena hotelera de Perú. Para ingresar había que hacer varios cursos intensivos. Yipi recuerda esa época con cariño y nostalgia; menciona que tuvo la oportunidad de realizar prácticas en los sitios más lujosos de la ciudad: de bartender, de camarero, de recepcionista. Pero en ese entonces el contexto político de su país natal no era alentador –el militarismo reinaba desde algunos años atrás- y muchas personas perdieron su empleo de la noche a la mañana. Él fue una de ellas.

Abelardo sigue hablando de su vida mientras Miguel corta las cebollas, nervioso. “Maestro, ya son las once y media”, le recuerda. El chef salta de la silla y corre hacia la cocina. Tiene media hora para preparar los dos platos del menú diario y la sopa. Se pone el delantal y comienza a enharinar presas de brótola, al mismo tiempo que revuelve la salsa de maní. Está apurado, pero su cara trasmite serenidad. Él sí que sabe trabajar bajo presión. En la cocina se mueve a sus anchas. Incluso tiene tiempo para seguir conversando.

Estudiar alta cocina no implica solo leer recetas y seguir pasos. Hay que saber de matemática, física y química; y conocer las proporciones idílicas de cada sustancia para lograr el plato perfecto. Abelardo tiene claro cuánta agua agregarle al vinagre para conseguir la gradación alcohólica necesaria para que el sartén se prenda fuego mientras prepara el lomo.

Yipi se fue a Estados Unidos y comenzó lavando platos para ganarse la vida. “Si un licenciado comienza desde lo más bajo, se va a destacar y crecer rápidamente”. Ese fue su razonamiento, que tuvo resultados: al poco tiempo estaba estudiando alta cocina en Columbus, Ohio, y deleitando a millonarios y famosos con su arte. Durante casi dos décadas trabajó para la cadena hotelera Hyatt en diversas ciudades. “Recorrí desde Nueva York a Houston, en Texas”, comenta. Menciona lo agradecido que está por esas oportunidades, que le permitieron conocer culturas y personas de lo más variadas. Los ojos le brillan, y se razgan cuando sonríe.

Luego de recibir al año 2000 en una gran fiesta en Las Vegas, Abelardo se dio cuenta de que esa vida lo había agotado. Volvió a Perú, pero se sentía solo. Su país ya no era el mismo. Se dedicó a dar conferencias y clases de comida. Fue a iglesias evangélicas a enseñar cómo preparar platos en grandes cantidades sin necesidad de gastar mucho dinero. Su vocación de ayuda a los demás estuvo presente a lo largo de toda su vida, pero ese era un buen momento para explotarla.

Así pasaron ocho años. Un día se encontró con unos conocidos que le comentaron sobre un restaurante peruano en Montevideo que estaba en busca de un chef profesional. Él no lo dudó: quería descubrir un sitio donde formar su nuevo hogar, y Uruguay siempre le había llamado la atención. En diciembre de 2008 se tomó un ómnibus en Lima y después de cuatro días y cuatro noches llegó a Montevideo. “Era un martes de mañana, y esa misma noche ya estaba cocinando en el antiguo local de Ciudad Vieja”.

Se acerca el mediodía y Valeria llega para ayudar a servir los platos. Abelardo la define como “su hija postiza”. Llegó de Perú hace cuatro meses con ganas de estudiar, y Yipi planea ayudarla con los costos de la universidad. “Antes no le gustaba cocinar, pero yo le estuve enseñando algunos trucos de repostería y ya se convirtió en una maestra”. Juntos se ríen y se jactan de hacer la mejor chocolatada del mundo: bien espesa, con nueces y pasas de uva.

Abelardo termina de armar el menú. Escabeche de pescado y pollo al maní son las opciones del día. Va al baño y se cambia la camisa, le importa verse elegante para recibir a los primeros clientes. Le gusta hablar personalmente con cada una de las personas que entra a Caminos del Inca y explicarles cuáles son los platos que se ofrecen. Para él lo más importante es poder esparcir su cultura a todos quienes estén interesados.

El menú es barato: 75 pesos con sopa incluída. Tal vez sea por eso que el pequeño local se llene en menos de diez minutos. Hay peruanos, chilenos y colombianos; aunque la amplia mayoría de los clientes son uruguayos. Familias con hijos, músicos callejeros, empleados públicos, gente de diversas oficinas de la Ciudad Vieja e incluso a veces llegan embajadores. “El de Rusia, por ejemplo, me llama con anticipación para que le reserve la mesa del rincón y le prepare ceviche picante”, afirma Abelardo con orgullo. “A cambio, me trae un vodka de regalo”.

Caminos del Inca tuvo su local en Pocitos. En ese entonces, Abelardo corría todos los días de una cocina a la otra, para asegurarse que cada plato estuviera saliendo del mejor modo posible. Luego de dos años se decidió cerrar esa sucursal, a pesar de tener un gran número de clientes, pues los precios del alquiler habían subido demasiado en el último tiempo. “Lo que acá en Ciudad Vieja cobramos 120 pesos, allá teníamos que venderlo a 300 para que fuera un negocio rentable”. El equipo se convenció de que era más importante ofrecer comida peruana a precios muy accesibles –sin alterar la buena calidad de los ingredientes- para que más gente tuviera la oportunidad de probarla.

Hace un mes se mudaron de local. No se fueron de la zona, se movieron solo un par de cuadras. La idea es lograr que Caminos del Inca sea un lugar más acogedor, que invite a hacer sobremesa. “Queremos ofrecer una mayor cantidad de platos aunque se mantenga la opción de menú diario”, explica mientras prepara un vaso de pisco sour para un cliente chileno.

Una pareja entra al restaurante por primera vez. Abelardo los recibe con una sonrisa y sus brazos en la espalda, con un gesto servicial. Después de traer la sopa hace recomendaciones sobre el plato principal. “Algo que no sea muy picante”, plantea la chica. Abelardo de ríe y dice: “no te preocupes, la cocina peruana no es tan picante como la gente cree”.

Comenta que desde la década de 1980 la comida tradicional peruana alcanzó los estándares internacionales y es reconocida a nivel mundial por su variedad y versatilidad. Se basa en el pescado, los mariscos, la carne y el pollo; y combina muchas especias y vegetales. “Si vas a un mercado en Lima, no vas a poder creer la cantidad de verduras que hay. Tenemos más de 3.000 tipos de papas”.

Para explicar que los incas ya tenían su propia cocina tradicional, Yipi cuenta la anécdota de una tumba que se encontró con queso y verduras –intactas- junto a la momia. “National Geographic publicó un reportaje sobre el tema, si no me equivoco en 2010”, acota. Luego llegaron los conquistadores y la comida de los indígenas se fusionó con la de los españoles y los esclavos que venían de África y Asia. “El lomo saltado, por ejemplo, combina carne y vegetales con con salsa de soja para realzar el gusto. Esa es una influencia claramente asiática”. Así fue como nació la tradición peruana, que hoy en día varía según si uno esta en la costa, en la sierra o en la selva.

A Yipi se lo ve muy feliz con su trabajo. Se enamoró de Uruguay –de la cultura, la gente y la tranquilidad- y piensa quedarse para siempre. Le gusta el hecho de que la población este envejecida, porque el trabajo de la gente mayor es respetado y mucho más aceptado que en otros sitios. Todos los años va de vacaciones a Perú, pero nunca se queda más de veinte días. Aprovecha el viaje para traer cosas que aquí no encuentra, como pisco de la mejor calidad. “Traigo tantas botellas como me permita la ley”.

Hace un par de meses compró un terreno en Paso de la Arena, donde comenzó a plantar algunas especias y pretende construir su casa. Planea abrir una escuela de cocina y un albergue, para todo aquel que necesite un sitio donde quedarse en Montevideo. La única condición: quienes disfruten de ese privilegio deben trabajar a cambio.

“Hay tantas especias increíbles en Uruguay, y ustedes ni siquiera saben que pueden usarse en la cocina”, comenta con los ojos negros y chiquitos fijos en una rama de hierba buena. Abelardo no tiene miedo de revelar sus secretos. No le interesa destacarse y ser reconocido a nivel mundial, sino dejar una marca en cada una de las personas con las que se cruza. Por eso cocina en reuniones personales sin siquiera cobrar. La comida no solo cumple la función de alimentar, sino que también es un momento de reunión y de disfrute. Para él lo importante es enseñar, difundir, transmitir conocimientos. Le gusta definirse como un mecenas de la cocina peruana.

 

Un ciclo que no termina

Cada vez son menos los espacios verdes, el mar está sucio y las ciudades más aún. Montevideo es una mugre, afirmamos, pero a la vez con orgullo mantenemos el lema de “Uruguay Natural”. A nuestro país cada vez le queda menos de natural.

En Facebook vemos a las personas muy preocupadas por el maltrato animal; o la lucha para evitar que un puerto de aguas profundas arruine las hermosas costas de nuestro país. La ecología parece estar presente en toda discusión, pero nadie se acuerda de lo más básico: la basura. Una compañera de clase dijo -en la presentación oral de una materia universitaria- que “los alumnos no están acostumbrados a reciclar”. Y yo pensé: no son solo los alumnos, es Uruguay.

La excusa es que no hay contenedores diferenciados para los distintos materiales. Pero cuando los hubo –algunos años atrás- nadie les prestaba atención. Restos de comida en el recipiente indicado para plásticos, vidrio en el sector definido para “otros desechos”. Las famosas cajas de Repapel tienen de todo dentro menos lo que uno debería encontrar.

Un suizo amigo de la familia comentó en una cena que desde que llegó a Montevideo – hace tres años- se ha preocupado por reciclar: “Todos los días separo el plástico del vidrio y de los demás residuos”. Toda la anécdota para enterarse, minutos después, de que su esfuerzo fue en vano. La basura de la ciudad va a parar toda a un mismo lugar: la usina número ocho del basural de la calle Felipe Cardoso. Un sitio en donde el líquido de la descomposición se filtra y llega a través del agua hasta el arroyo Carrasco y el Río de la Plata.

Y desde ahí todo vuelve a empezar: “Qué sucia que está el agua, ¿no?”. Se queja la misma gente que luego desecha todos sus residuos sin ningún problema. Un ciclo que no termina, se repite una y otra vez. Todos miramos cómo pasa, pero nadie hace nada.

Como Sherlock Holmes pero al revés

La lucha de un buscador de tesoros submarinos en el Río de la Plata

 

Ruben Collado sabe cómo ser tu mejor amigo en diez minutos. Saluda a la gente con los brazos abiertos y una sonrisa, como si fueran conocidos de toda la vida. Entra al restaurant y –con muchísima confianza- dice: “Café con leche para todos, y por lo menos dos porciones de tostadas con dulce”. Intento frenarle el carro, diciendo que yo no quiero comer nada, pero a él no le importa: “Mirá la cara de hambre que tenés”.

Durante la década de 1990, un equipo dirigido por Collado sacó lingotes y monedas de oro frente a la playa Carrasco. Eran los héroes del momento. Habían encontrado el naufragio Nuestra Señora de la Luz, de 1752, el primer tesoro submarino rescatado en Sudamérica en los últimos 250 años.

El tesoro rescatado se subastó en la casa Sotherby’s de Nueva York en marzo de 1993, y se vendió por 3,5 millones de dólares. El 50% del dinero obtenido correspondió al Estado y se utilizó para construir un liceo en la ciudad de San Carlos, Maldonado. “Aún quedan 53.000 monedas por sacar”, recuerda Collado, pero el rescate está detenido desde el gobierno de Tabaré Vázquez.

Es robusto, de cuerpo macizo y canas que denotan su edad.  Usa lentes de armazón grande y redonda, que le dan la apariencia del lector compulsivo que afirma ser. Le gusta contar anécdotas larguísimas y tener una opinión formada sobre cualquier tema del que deba hablar. Dibuja, hace mapas con flechas o utiliza cualquier cosa que tenga a mano –incluso un sobrecito de azúcar- para explicar sus teorías. Pierde la lapicera, pero no demora en encontrarla: está en el bolsillo pequeño del sobre de su laptop. “Nunca confíes en un buscador de tesoros”, dice, y se ríe a carcajadas.

“¿Por qué la pasión por el buceo?”, le pregunto. Y él me contesta que siempre le gustaron los deportes. Primero jugó al rugby –se destacaba- pero luego de quebrarse algunas costillas decidió que no era para él. Entonces empezó a practicar boxeo, hasta que le dieron “una paliza bárbara” y abandonó. Un amigo lo invitó a bucear y desde entonces nunca se alejó de esa actividad: se hizo deportivo, luego profesional, después instructor y finalmente se convirtió en instructor internacional.

Collado nació en la ciudad de La Plata, Argentina. Su papá falleció cuándo él era adolescente. Su mamá se volvió a casar y Ruben se fue de su casa, a vivir con su abuela. “Desde los 17 años que ando en la calle, soy independiente”. Fue estudiante de arquitectura, se pagaba la carrera vendiendo entradas en el hipódromo los fines de semana. Pero un día decidió abandonar todo. “¿Que estoy haciendo yo acá? Voy a ser un arquitecto igual que todos y malo. Para colmo uno malo”. Pateó la tabla de dibujo, dejó hasta los lápices y se fue. Nunca más volvió.

Tras vivir unos años en Europa volvió a su país natal. “¿Y vos a qué querés dedicarte?”, le preguntó un amigo. “La verdad es que quiero buscar barcos hundidos”, contestó Collado. Era una tarea que nunca había realizado aún, pero él sabía que era experto en información. Desde hacía algún tiempo que buscaba documentos y testimonios sobre naufragios. En 1983 se instaló en Uruguay y hasta la fecha encontró quince galeones. En muchos casos, la información con la que se cuenta para arrancar con una búsqueda es muy escasa, explica Ruben. Un testimonio puede decir: “no hundimos, y en frente había una palmera y una duna”.

“Es lo que hago, buscar tesoros”, afirma Collado. “¿Y qué? No es una mala palabra. ¿Qué se piensa la gente, que voy a tirar al mar para buscar tranvías?”. Ninguna expedición cuesta menos de un millón de dólares, y una gran cantidad de esas operaciones fallan. “Con toda la guita de fracasos se podría hacer un país”. El dinero lo ponen inversionistas: norteamericanos, alemanes, ingleses. Son audaces, se arriesgan, les gusta. Pero nadie va a invertir si no hay un tesoro bajo el mar. “Ellos lo ven como una ruleta, una timba”.

Ruben se encarga de armar las expediciones. El primer paso consiste en asegurarse de que hay un barco hundido en determinada zona. Vas a los archivos, hay testimonios, diarios, historias y leyendas. Hay que encontrar la información de lo objetos declarados que llevaba esa embarcación. Por regla general, los barcos que se iban de nuevo hacia Europa llevaban oro o alguna otra cosa de valor.

Una vez que se sabe que el barco está allí, Ruben debe encargarse de conseguir los serivicios necesarios para el equipo: la salud, las comunicaciones, la comida durante la expedición. Y cuando las necesidades logísticas están cubiertas, falta encontrar la embarcación que cuente con los equipos necesarios. Un grupo de expediciones lo conforman –en general- unos seis o siete buzos, un cocinero, un encargado de seguridad y seis o siete marinos.

No hay un tiempo definido de lo que dura una expedición de rescate submarino. Si fracasa, tal vez solo se está en el mar un par de días. Collado ha formado parte de operaciones de más de cinco años. Él se define a sí mismo como “el último corsario del Río de la Plata”. Trabaja mediante contratos –que firma Prefectura- a partir de los cuales se estipula que la mitad de lo encontrado va para el Estado. “Es la misma patente que tenían los corsarios de Artigas”, comenta, y afirma que le divierte que le llamen así. No es lo mismo si alguien le llega a decir pirata. “Eso es distinto, los piratas eran ladrones”.

En sus palabras, sus gestos, sus historias, Collado demuestra estar enojado. Su labor consiste en una interminable lucha contra el Estado uruguayo. Desde el gobierno de Tabaré Vázquez todas las expediciones están detenidas. “La mayoría de las operaciones que suspendieron lo puedieron hacer legalmente, porque no alargaron los plazos. Pero conmigo tienen un problema, que es el Lord Clive”. El barco inglés que se hundió frente a la costa de Colonia en 1763 fue encontrado por Collado y su equipo. El Estado, sin embargo, no les quiere permitir el rescate de este galeón. Eso significa que se está incumpliendo con el contrato que se firmó previo al inicio de la búsqueda.

La justificación de las autoridades para frenar el rescate es que hay que realizar un trabajo arqueológico previo. Collado habla del tema con ironía, lo ve como algo que no tiene lógica. Los arqueólogos están preparados para la tierra, no para el fondo del mar. Menos aún con aguas turbias y corrientes fuertes como las del Río de la Plata. “Y suponiendo que se bancaran el buceo, ¿me vas a decir que con un pincelito van a sacar toda la arena que hay ahí? Están completamente locos”.

Ruben Collado no tiene ningún problema en decir lo que piensa. Habla de los asesores españoles que la oficina de Patrimonio ha contratado para estos temas. Él plantea que ellos no permiten que los buscadores de tesoros hagan expediciones porque en definitiva son ellos quiénes se quieren llevar lo que hay en el fondo del mar. No se puede tocar nada, porque son cosas que deben permanecer para las generaciones venideras, dicen las autoridades. “Y yo me pregunto: ¿cuándo son las generaciones futuras? ¿El año 4000 está bien o precisás más tiempo?”.

Tampoco ha tenido problema en denunciar al Estado. Eso fue lo que ocurrió en el caso del buque español Nuestra Señora de Loreto, que naufragó en el Río de la Plata en 1792. Collado tenía contrato con las autoridades para rescatar una carga de mercurio que traía ese navío, pero el gobierno luego decretó que –al tratarse de un monumento histórico nacional- quedaba prohibida la expedición. Tras un largo proceso de ocho años de duración, la Corte Suprema de Justica decidió que el Estado debía indemnizar al buscador de tesoros.

Réplicas a escalas de barcos hundidos en el Río de la Plata, recortes de diarios y revistas, fotos, reliquias rescatadas de nafragios y representaciones gigantes de los piratas más temidos de todos los tiempos. Collado dirige el Museo de Naufragios y Tesoros, ubicado a cinco kilómetros del centro histórico de Colonia del Sacramento. El sitio se convierte, en cierta forma, en una represetación tangible de sus aventuras, y de su locura. Quien lo visita por primera vez –sin tener demasiados conocimientos sobre el tema- lo asocia más a un parque de niños que a un verdadero museo. Pero la realidad es que todo allí tiene una explicación.

El museo se creó gracias a la contribución de los inversionistas, y –entre todas las chucherías- pueden observarse piezas que se han sacado en expediciones de hace más de veinte años, que aún se conservan en perfecto estado. Esa es la principal función que ejerce: demostrar las mentiras que se dicen. Si se sacan los objetos del fondo del mar, no se deterioran. “Lo más jodido es la madera, lo sé, pero cuando fui a Cuba me enseñaron a tratarla de un modo que no es muy caro”.

Hace rato se acabaron las tostadas, pero Ruben sigue comiendo dulce de leche a cucharadas. “No quiero parecer mal educado, pero tengo hambre”. Un par de bocados y continúa con su explicación: “todo el tema es simple, pero con tantos obstáculos se ha ido complicando”.

El trabajo de buscador de tesoros es más complejo de lo que parece. No es tirarse al agua y sacar oro. Implica un montón de maniobras, de preparación, de esfuerzo y en muchos casos de frustración. No siempre uno encuentra lo que quiere, lo que espera. Es una lucha que nunca acaba. Tal vez, por eso solo hayan cuatro o cinco personas que se dediquen a eso en Uruguay, aún cuando se dice que hay al menos 1200 barcos hundidos en el Río de la Plata.

“Hay mucha gente que está en contra de lo que hago”, explica Collado. Pero él tiene muy clara cuál es su postura, y no le importa lo que dicen los demás. Para algunos, tocar el patrimonio histórico es destruirlo. “Pero la verdad es que de nada sirve que esté abajo del mar, sin que nadie lo pueda ver”. Y vuelve a hablar del caso de Nuestra Señora de la Luz. Quedan 53.000 monedas por subir a la superficie. “¿Sabés cuántas escuelas más podemos construir con eso?”.

Ruben Collado se convirtió en buscador de tesoros porque siendo buzo era “lo único que podía hacer”. Pero esa tarea se convirtió en su vida, en su pasión. Todos los días emprende una lucha sin límites para poder realizar expediciones y rescatar objetos que desde hace muchísimos años no ven la luz del sol. Se define a sí mismo como un Sherlock Holmes al revés. “Él tenía los cadáveres y a partir de ello averiguaba lo ocurrido. Yo, en cambio, sé lo que pasó; pero tengo que encontrar al cadáver”.

Racismo a la carta

Hace un par de semanas entrevisté a un grupo de jóvenes de Indonesia, que durante cuatro años viven en Uruguay para entrenar fútbol. Me sorprendió que todos contestaran que lo que menos les gusta de este país sea el racismo. “A veces, cuando camino por ahí, la gente me dice esas cosas que yo no quiero escuchar”, dice Awan. Les pido un ejemplo, y Vicky me explica cómo en el shopping –sitio al que van de paseo los sábados- le dicen “chino, chino”.

Y yo que toda la vida escuché que en Uruguay todos somos amigables, y recibimos a personas de todas las razas y culturas con los brazos abiertos. Comerciantes, recepcionistas, mozos y guías: todos se jactan de ello. “Y…¿qué te parece Montevideo?”, le preguntan a los turistas. “Todos te tratan bárbaro acá, ¿no?”. Al extranjero no le queda otra que asentir. Pero ese no es más que otro de los tantos mitos sobre nuestro país. La realidad es otra: la sociedad uruguaya es en general racista y xenófoba.

Cuando cuento la anécdota de los indonesios, la respuesta generalizada es: “Claro, lo que pasa es que los uruguayos no estamos acostumbrados a ver asiáticos o musulmanes. La mayor parte de los turistas son europeos o americanos”. ¡Qué vivos! Tratamos bien a españoles, franceses, mexicanos o gringos. Todos los que tienen una cultura y una apariencia similar a la nuestra. Pero si de coreanos se trata: “ah sí, para mí son todos chinos”.

Esa no es excusa. Uruguay no vive en una burbuja. No ver árabes por la calle no significa que e almacenero de la esquina no sepa que tiene que tratarlo como a cualquier otro extranjero, como a cualquier otra persona. Por todos lados escuchamos: “¡Qué horrible el racismo! Los inmigrantes latinos la pasan tan mal en Estados Unidos”. Nos quejamos del resto pero no dejamos de ser tan racistas como ellos. O incluso peor, somos racistas y xenófobos a la carta.

No hay un por qué

Joe Gould se graduó en Harvard en 1911, igual que su padre, su abuelo y su bisabuelo. Hijo de una respetable familia de médicos de Massachusetts, en 1916 rompió todos sus lazos y decidió lanzarse a una vida de mendigo en Manhattan. Su misión era escribir una obra literaria, a la que llamaba la Historia oral de nuestro tiempo, en la que recogía los diálogos que fue recabando a lo largo de su vida en Nueva York.

En uno de sus perfiles sobre Joe Gould, Joseph Mitchell narra cómo este personaje nunca logró que un editor se interesara en la Historia oral. “Experiencias de esta índole no lo desaniman; una y otra vez se repite que al fin y al cabo él escribe para la posteridad”. El mundo no lo comprende, lo tildan de loco, pero “el último bohemio” tiene claro que en un futuro lo van a ver como al más grande historiador de todos los tiempos.

Mientras leía El secreto de Joe Gould, me puse a pensar que el mundo está lleno de locos, personas que tienen una misión en su vida y que están dispuestos a dar todo por lograrla. Tal es el caso de Philippe Petit, el funámbulo francés que durante seis años planeó caminar por la cuerda floja entre las Torres Gemelas de Nueva York, a más de 400 metros de altura. Gracias a su tenacidad y a la ayuda de sus amigos –que aún no sé cómo los convenció- él cumplió su objetivo en agosto de 1974: cruzó ocho veces el trayecto de casi 70 metros, hasta que lo detuvo la policía.

¿Por qué lo hizo? Eso es lo primero que nos preguntamos. Pero ninguna de estas personas tiene una respuesta clara: “No hay un por qué”, decía Petit en todas sus entrevistas. Incluso afirmó –en el documental Man on Wire– que la justificación para construir las Torres Gemelas era solamente que él pudiera cruzarlas con el cable.

Tanto Joe Gould como Philippe Petit son seres incomprendidos pero que, a la vez, demostraron estar completamente seguros de que su misión es algo que vale la pena. Y si por eso son locos, no importa. En definitiva, se liberaron de las ataduras de la sociedad y llevaron una vida tal como sintieron que debía ser, y no como la que el resto esperaba de ellos. Son personajes dignos de nuestro respeto.

¿De dónde sale esta gente?

Estoy harta de la frase “la mejor cumbia es la colombiana”. No tengo duda de que así sea, pero la verdad es que yo nunca la escuché y, más importante, no es el que llega a los boliches en Uruguay. Si hay un género musical que realmente detesto, es la cumbia. La villera, la plena y no sé cuántos otros subgéneros que se han esparcido por el Río de la Plata.

Pero debo hacer una confesión: hay cumbias que me sorprenden tanto –por lo malas que son su letra y música- que me resultan agradables. Al menos dan ganas de bailar. Todos los años, elijo una canción representativa de la temporada. En 2009, por ejemplo, mi preferida fue Negrita, la versión de Puro Movimiento DJ. La música tiene algo especial que me transporta al altiplano (un sitio al que nunca fui pero me lo puedo imaginar).

El premio a la mejor cumbia de la primera mitad de 2013 se lo lleva Llegó el verano, del uruguayo “El Reja”. El nombre del artista, la profundidad de la letra, la calidad en la grabación. Todo es increíble. ¿A quién se le ocurrió un estribillo que diga “fumate uno del Pepe que está todo bien”? Seguro que no era un genio. Tampoco se le podía pedir mucho a la melodía: plagio -¿u homenaje?- a Nada que perder de Los Pericos.

La segunda estrofa es muy completa. Repite “todo el mundo sabe que el borracho se cae” durante quince segundos. Y, como si fuera poco, la voz se escucha totalmente distorsionada de tanto Auto-Tune y otros efectos de sonido. A veces pienso que toda la canción es un chiste. Y eso, al final, es lo que me gusta.

¿De dónde salen canciones como estas? ¿Quién descubre a esos “artistas”? Por lo general, es solo un éxito pasajero, que dura poco más que una canción y una gira por los balenearios en verano. Pero, a la vez, es la cumbia la que hace mover a la gente y divertirse por la noche en Uruguay. Si no pasan a los Nota Lokos o Nene Malo, no hay baile. Yo creo que es una cuestión cultural. Pero, mientras viva en este país, tendré que adaptarme y, por lo menos, encontrar esa canción que me saque una sonrisa en cada temporada.